La sudor baja por mi frente, las manos temblorosas teclean infinitas operaciones matemáticas. Un silencio espeluznante oía en mis orejas. Todas las miradas se centraban en la pantalla, donde números gigantes iban descendiendo del veinte al cero. Después de unos segundos se iluminó la gran pantalla. El humo salió del gran aparato, y un fuego abrasador lo despegó. El silencio al cabo de unos segundos aún duraba de la impresión. El lanzamiento fue un éxito así que me tranquilicé, me levanté y asentí con la cabeza. Caminé entre la gente alborotada y emocionada por el éxito y saqué un café de la máquina; me sentía orgulloso de mí mismo y de todo el conjunto de personas que estaban a mi alrededor. Pasados unos minutos recibimos contacto desde la nava: todo salió como habíamos esperado.
Aquel trabajo hizo que mi nerviosismo desapareciera, mi sueño se hizo realidad.
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